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Sea lo que sea que evoquen estas imágenes, nos trasladan siempre a un momento preciso de nuestras vidas: nos obligan a revivir una experiencia, que, pese a ser única y concreta, es también común a la mayoría de las personas: ¿ quién no se ha encontrado, a altas horas de la madrugada y después de muchas horas sin dormir, entre las cuatro paredes desnudas de un lugar cerrado y deprimente, iluminado solo con una bombilla o, peor aún, con algún parpadeante tubo de neón y ha tenido entonces la sensación de que transitaba por una misteriosa línea que separa el sueño de la vigilia?.

Probablemente se trate de un imborrable- y borroso – recuerdo de la infancia ( tal vez sea la sala de espera de un hospital o una estación), de una adolescencia doliosa (pudiera entonces ser la de una comisaria), o, simplemente, de la evocación de un sueño.

IMÁGENES SORPRENDENTES

Es difícil por tanto no sentirse aludido por las imágenes que propone Daniel Sueiras (alicante, 1976), un artista sorprendente, notable pintor y escultor que, el año pasado – cuando aún no había terminado la carrera- ganó merecidamente la 1ª Bienal de jóvenes realistas de la Galería Clave, y que celebra ahora su segunda individual ( la primera fue hace tan solo unos meses en la citada galería murciana): los preside, por una parte, esa luz –irreal- bajo la que todas las cosas parecen ajarse y desnudarse, perdiendo su brillo y textura, y por otra, la idea de espera, de vigilia. Aquí los objetos, cualesquiera que sean, adquieren nuevas y extrañas propiedades, se vuelven absurdos y lejanos, son ladrillos de un muro que encarcela el alma. No hay puertas, ni ventanas, ni día ni noche, solo puede oírse el tic tac del reloj que pende sobre el insomne y, a veces, en el aire verdoso y enrarecido de la diminuta habitación, flota un pez inmóvil. Sueiras ya había trabajado con objetos mudos ubicados en un paisaje vacio: bombonas de butano, muebles urbanos o edificios aislados como el que aparecía en la portada de ABC Cultural hace unas semanas- forman desde un principio parte de su imaginario. Los cuadros de gran formato de su última serie “ Estudio para un paisaje” sitúan al espectador ante una sucesión de habitaciones sin ventanas ni adornos, bañadas por una luz macilenta, en las que los personajes han de enfrentarse cara a cara con esos objetos que forman parte de su entorno inmediato, del mismo modo que un sospechosos se enfrenta a la prueba irrefutable de su delito: ¿Cuánto tiempo lleva esa mujer encerrada con el calentador de gas y que se espera de ella?; ¿ Hasta cuando aguantará el hombre cansado el soliloquio de su lavadora?; ¿hablarán al fin el gallo sentado al otro lado de la mesa, la jirafa o el Renault 4?... Sueiras no se contenta con pintar temores, sueños o pesadillas: les hurta su carácter simbólico y borra todos sus vínculos con la experiencia, reduce al máximo las dimensiones del mundo y encierra al hombre en un espacio fuera del tiempo, con la sola compañía de un objeto tan estúpido y obtuso que acaba por dejar su mente tan desnuda como las paredes de una celda.

Javier Rubio Nomblot

ABC Cultural, 2 /6/ 2001 Madrid

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